Ayer estaba caminando junto a un velador cuando de pronto alguien me saluda. Una chica que conozco bien y a la que hace tiempo no veía me abraza efusivamente, cariñosa, y me pregunta cómo estoy, cómo andan los temas por los que nos vimos la última vez, cómo están los demás… una chica, en definitiva, bastante próxima.

Eso lo deduje por la efusividad de su saludo, por su mirada, por sus palabras.  Como siempre, no tenía ni idea de quién era. Y haciendo un esfuerzo sobrehumano -de un momento a otro iba a pensar que soy un maleducado, dándole respuestas vagas a todas sus efusividades- traté de situar su rostro en mi memoria. “Es Pepa” (pongamos por caso), me dije al recordar vagamente el color y el corte de pelo. Y seguí mi conversación a partir de ahí. Hablamos de varias cosas, de proyectos en los que anduvimos liados, de amigos comunes, de reuniones y grupos, de listas de correo. En ello apareció mi novia, que me conoce bien y se parte de risa cada vez que me ve sumido en mis lagunas de prosopagnosia. “Qué tal, soy Mar” (es un poner) a lo que mi amiga le responde “Encantada, yo soy Luisa” Vaya por Dios, mis estrategias de contextualización acababan de irse al traste.

Sucede que tenemos la costumbre (todas las personas, claro, no sólo los bichos raros como yo) de juntarnos con personas parecidas, que comparten gustos y aficiones y que se nos cruzan en distintos círculos… y a veces no son bastantes los datos del contexto (dónde nos vimos la última vez, qué amigos comunes tenemos, qué hicimos juntos…) para saber quién es alguien. Falta esa información que nos hace a cada quién único, por encima de los grupos y de las aficiones comunes. Y yo no sé en qué parte del rostro la llevamos escrita. Lo que sí sé es que quienes tenemos limitada la capacidad de reconocer los rostros no somos capaces, tampoco, de ubicar fácilmente esa información. Memoria visual. supongo.

Voy a terminar pidiendo a todas mis amistades que se hagan un carnet para que pueda reconocerlos. Por supuesto, un carnet sin foto.

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Esto bien pudiera ser el inicio de un chiste. Y tiene algo de eso.

Lo malo de no poder reconocer a la inmensa mayoría de las personas con las que te encuentras es que tienes que valerte de un sinfín de recursos para mantener una conversación sin que se note demasiado que no tienes ni idea de cuándo has vista la última vez a quien te habla, ni a qué se dedica, ni cuánto has intimado… surgen entonces temas infinitos, genéricos, preguntas que invitan a la otra persona a darte algún detalle concreto para ubicarla en el mapa. Un nombre, una ciudad, una fecha, un proyecto. Algo, por Dios. Mientras, sonríes, hablas de lo divino y de lo humano y esperas que suceda el milagro de la contextualización.

Lo mejor que te puede pasar es que a la otra persona se le escape un detalle concreto medante el cual ya sepas quién es. Lo por, que acabes manteniendo una conversación de veinte minutos absolutamente prescindible. A veces me ha pasado, que después de una larga perorata no he sido capaz de saber con quién estaba hablando y, por tanto, no he podido decirle nada que realmente le pudiera interesar, pero tampoco la otra persona ha sido capaz de mandarme un mensaje que tuviera que ver conmigo o con ella, dejándose navegar en circunloquios comparables a los míos.

En esas situaciones siempre me pregunto por qué la otra persona actúa así. A veces creo que no se sale de los límites de conversación intrascendente que yo, desde mi particularidad, le marco. A veces dudo si también tendrá prosopagnosia, como yo.

Y a veces, sólo a veces, me doy cuenta de que en realidad estoy hablando con un político.

 

Eso era lo que decía mi abuelo, que como todos los abuelos era dueño de una sabiduría que uno no sabe apreciar hasta que ya no puede agradecérselo. Era, como bien puede suponerse, sordo. Sodo como una tapia. Pero como una tapia, digamos, selectiva: tenía la maravillosa capacidad de escuchar sólo lo que le apetecía y cerrar los oídos a todo lo demás. Ponía esa sonrisa de no me entero que sólo un sordo selectivo es capaz de poner y hala, ya podías desgañitarte diciéndole lo que quisieras.

Estoy convencido de que el no tenía prosopagnosia, esa cosa de nombre tan largo que mis amigos aún no saben pronunciar. De haberla tenido, seguramente el refrán hubiera sido diferente.  Imaginen si no las posibilidades que ofrece esta dolencia para eludir situaciones incómodas: puedes no saludar por la calle a quien no te cae bien (ah, perdona,es que no te había reconocido, ya sabes, lo mío…), puedes volver a presentarte cuantas veces quieras a quien te mole (ah, ¿de verdad nos conocíamos? perdona, verás, es que me pasa una cosa…), puedes obviar las explicaciones que no quieras dar refugiado en tu incapacidad para saber con quién estás hablando, puedes eludir todo tipo de compromisos a los que no quieras acudir (es que no voy a concoer a nadie, ya sabes, por lo mío…) y puedes autoinvitarte a cualquier francachela con la excusa de que seguramente estar entre personas diferentes te ayude con lo tuyo.

Puedes, en fin, administrar tu prosopagnosia adecuadamente para tratar de sacarle algo de provecho y así intentar verla como una gran riqueza, como hacía mi abuelo con su sordera. Porque esta venda en los ojos que no te deja reconocer a ninguna persona, que te impide recordar ningún rostro, que te borra la primera huella que deja en ti cada quien, esto, digo, lo que es, es una auténtica putada.

Dice la santa wikipedia que la prosopagnosia “Es la interrupción selectiva de la percepción de rostros, tanto del propio como del de los demás, los que pueden ser vistos pero no reconocidos como los que son propios de determinada persona”

Nadie que no lo sufra puede imaginarse lo que es padecer esto: no poder reconocer a las personas que se curzan contigo cuando salen de contexto, cuando se visten de otra forma o cuando se cambian el pelo.  Pero no todo va a ser malo: cada vez que te encuentras con alguien es como si la conocieras por primera vez.

Este blog no quiere dedicarse exactamente a hablar sobre la prosopagnsia, sino a provechar el peculiar punto de vista que sobre el mundo me brinda…. con un poco de humor.

Si te gusta acomódate, deja tus comentarios , y vuelve a pasarte otro día…